Saber que no eres nada es Sabiduría; saber que eres todo es Amor.
La sabiduría es saber que no soy nada; el amor es saber que soy todo; y entre las dos, mi vida se mueve.
Descubro que, de alguna manera, al cambiar el enfoque de la atención, me convierto en aquello mismo que miro, y experimento el tipo de conciencia que tiene; me convierto en el testigo interior de la cosa. Llamo a esta capacidad de entrar en otros puntos focales de la conciencia, amor; puedes darle el nombre que quieras. El amor dice: “Soy todo”. La sabiduría dice: “No soy nada”. Entre las dos, mi vida fluye. Puesto que en cualquier punto del tiempo y del espacio puedo ser tanto sujeto como objeto de la experiencia, lo expreso diciendo que soy ambas cosas, y ninguna, y más allá de ambas.
A veces siento que soy todo; a eso lo llamo Amor. A veces siento que no soy nada; a eso lo llamo Sabiduría. Entre el Amor y la Sabiduría, mi vida fluye continuamente.
Una vez que te das cuenta de que el camino es la meta y de que siempre estás en el camino, no para alcanzar una meta, sino para disfrutar su belleza y su sabiduría, la vida deja de ser una tarea y se vuelve natural y sencilla; en sí misma, es una especie de éxtasis.
Ver lo irreal es sabiduría. Más allá de esto está lo inexpresable.
Cuando veo que no soy nada, esa es la sabiduría. Cuando veo que soy todo, esa es el amor. Mi vida es un movimiento entre estas dos cosas.
Puedes morir cien veces sin interrupción en el torbellino mental. O puedes conservar tu cuerpo y morir solo en la mente. La muerte de la mente es el nacimiento de la sabiduría.
Cuando miro hacia adentro y veo que no soy nada, eso es sabiduría. Cuando miro hacia afuera y veo que soy todo, eso es amor. Y entre esas dos cosas, mi vida se inclina.
Creer que dependes de cosas y personas para ser feliz se debe a la ignorancia de tu verdadera naturaleza; saber que no necesitas nada para ser feliz, excepto el conocimiento de Sí mismo, es sabiduría.
Saber que eres prisionero de tu mente es el amanecer de la sabiduría.