Para la mentalidad taoísta, la vida vacía y sin rumbo no sugiere nada deprimente. Al contrario, sugiere la libertad de las nubes y de los arroyos de montaña, vagando sin ir a ninguna parte, de las flores en cañones impenetrables, hermosas aunque nadie las vea, y del oleaje del océano que siempre lava la arena, sin fin.
Pero cuando no se asume ningún riesgo, no hay libertad. Así, en una sociedad industrial, la abundancia de leyes hechas para nuestra seguridad personal convierte la tierra en un vivero, y los policías contratados para protegernos se vuelven entrometidos que se sirven a sí mismos.
En Zen, la pobreza es voluntaria y se considera no tanto como pobreza, sino como sencillez, libertad y ausencia de desorden.
Y así, cuando se pierde la idea esencial del amor, aparece el discurso sobre la fidelidad. En realidad, la única base posible para que dos seres, hombre y mujer, se relacionen entre sí es concederse mutuamente libertad total.