La vocación y la misión de los fieles solo pueden entenderse a la luz de una conciencia renovada de la Iglesia como sacramento o signo e instrumento de la íntima unión con Dios, de la unidad de toda la humanidad y del deber personal de adherirse más estrechamente a ella.
La persona humana es un compuesto único: una unidad de espíritu y materia, alma y cuerpo, modelada a imagen de Dios y destinada a vivir para siempre. Cada vida humana es sagrada, porque cada persona humana es sagrada.
[Hablando del matrimonio y la familia] En todo este mundo no hay una imagen de Dios, Unidad y Comunidad más perfecta y más completa. No existe otra realidad humana que corresponda más, hablando humanamente, a ese misterio divino.