Las cosas del Cielo no se obtienen con perseverancia; son la gracia de Dios. Abrirse a esto y confiar en ello es cómo la creencia se cristaliza en fe. No podemos pagarlo de ninguna forma, de ninguna manera, con nuestra bondad, con nuestra piedad, con nuestras grandes cualidades, méritos o virtudes; nada. Es un regalo, y todo lo que podemos hacer es recibirlo.
Sentir de verdad pesar por los propios errores es como abrir la puerta del Cielo.
Por eso es ley de los místicos ver todas las cosas, experimentar todas las cosas, ya sea del cielo o de la tierra, y aun así decir poco; porque las almas incapaces de comprender la posibilidad de su alcance se burlarán de ellos.
He conocido el bien y el mal, el pecado y la virtud, lo correcto y lo incorrecto; he juzgado y he sido juzgado; he atravesado el nacimiento y la muerte, la alegría y la tristeza, el cielo y el infierno; y al final comprendí que YO SOY en todo y que todo está en mí.
El dominio no consiste solo en aquietar la mente, sino en dirigirla hacia el punto que deseamos, permitiéndole estar activa hasta donde queramos, usándola para cumplir nuestro propósito, y haciéndola estar quieta cuando queramos aquietarla. Quien llega a esto ha creado su cielo dentro de sí; no necesita esperar un cielo en el más allá, porque lo ha producido ahora dentro de su propia mente.