La Eucaristía es un tesoro inestimable: al no solo celebrarla, sino también orar ante ella fuera de la Misa, se nos permite entrar en contacto con la misma fuente viva de la gracia.
El compromiso esencial y, sobre todo, la gracia visible y la fuente de fuerza sobrenatural para la Iglesia como Pueblo de Dios es perseverar y avanzar constantemente en la vida eucarística y la piedad eucarística, y desarrollarse espiritualmente en el clima de la Eucaristía.
Concédenos la gracia: cuando se ataca la santidad de la vida antes del nacimiento, levantarnos y proclamar que nadie tiene autoridad para destruir la vida no nacida.
Los creyentes saben que la presencia del mal siempre va acompañada de la presencia del bien, por la gracia... Donde crece el mal, allí también crece la esperanza del bien... En el amor que brota del corazón de Cristo, encontramos esperanza para el futuro del mundo. Cristo ha redimido al mundo: “Con sus heridas somos sanados”. (Isaías 53:5)
La convicción que debemos compartir y difundir es que el llamado a la santidad está dirigido a todos los cristianos. Esto no es una cuestión de privilegio ni de elitismo espiritual. Es una cuestión de la gracia ofrecida a todos los bautizados.
Recíprocamente prometerán amor, lealtad y honestidad matrimonial. Solo queremos para ustedes, en este día, que estas palabras constituyan el principio de toda su vida y que, con la ayuda de la gracia divina, observen estos solemnes votos que hoy, ante Dios, formulan.