Al reemplazar el miedo a lo desconocido por la curiosidad, nos abrimos a un flujo infinito de posibilidades. Podemos dejar que el miedo gobierne nuestras vidas o podemos volvernos como niños con curiosidad, empujando nuestros límites, saliendo de nuestras zonas de confort y aceptando lo que la vida nos presenta.
La vida existe solo en este mismo instante, y en este instante es infinita y eterna, porque el momento presente es infinitamente pequeño; antes de que podamos medirlo, ya se fue, y sin embargo existe para siempre.
Sentimos que nuestras acciones son voluntarias cuando siguen una decisión, e involuntarias cuando ocurren sin decisión. Pero si la propia decisión fuera voluntaria, cada decisión tendría que estar precedida por una decisión para decidir... una regresión infinita que, afortunadamente, no ocurre. Curiosamente, si tuviéramos que decidir para decidir, no seríamos libres para decidir.