Los fenómenos sincrónicos demuestran la ocurrencia simultánea de equivalencias significativas en procesos heterogéneos, no relacionados causalmente; en otras palabras, demuestran que un contenido percibido por un observador puede, al mismo tiempo, estar representado por un evento externo, sin conexión causal alguna. De ahí se sigue que o bien la psique no puede localizarse en el tiempo, o bien el espacio es relativo a la psique.
Lo que sucede después de la muerte es tan glorioso e indescriptible que nuestra imaginación y nuestros sentimientos no bastan ni siquiera para formar una concepción aproximada. La disolución de nuestra forma limitada por el tiempo en la eternidad no trae pérdida de significado.
El hecho de que, aun así, la astrología produzca resultados válidos demuestra que no son las posiciones aparentes de las estrellas las que actúan, sino más bien los tiempos que se miden o determinan por posiciones estelares arbitrariamente nombradas. Así, el tiempo demuestra ser un flujo de energía lleno de cualidades y no, como diría nuestra filosofía, un concepto abstracto o una condición previa del conocimiento.
Lo desconcertante es que realmente hay una curiosa coincidencia entre hechos astrológicos y psicológicos, de modo que uno puede aislar el tiempo de las características de un individuo, y también deducir características a partir de cierto tiempo.
Los arquetipos se parecen a los lechos de los ríos: se secan porque el agua los abandonó, aunque puede regresar en cualquier momento. Un arquetipo es algo como un antiguo cauce por el cual el agua de la vida fluyó durante un tiempo, abriendo para sí un canal profundo. Cuanto más tiempo fluyó, más profundo fue el canal, y cuanto más probable es que, tarde o temprano, el agua regrese.