Solo en nuestros actos creativos damos un paso hacia la luz y nos vemos completos y acabados.
Uno no se ilumina imaginando figuras de luz, sino haciendo consciente la oscuridad.
La diferencia entre el proceso de individuación «natural», que sigue su curso inconscientemente, y el que se realiza conscientemente es enorme. En el primer caso, la conciencia no interviene en ninguna parte; el final permanece tan oscuro como el comienzo. En el segundo caso, tanta oscuridad sale a la luz que la personalidad queda impregnada de luz y la conciencia necesariamente gana en alcance y comprensión. El encuentro entre lo consciente y lo inconsciente debe asegurar que la luz que brilla en la oscuridad no solo sea comprendida por la oscuridad, sino que la comprenda.
Llenar la mente consciente con concepciones ideales es una característica de la teosofía occidental, pero no el enfrentamiento con la Sombra y el mundo de la oscuridad. Uno no se ilumina imaginando figuras de luz, sino haciendo consciente la oscuridad. Sin embargo, este último procedimiento es desagradable y por eso no es popular.
El inconsciente no es solo malo por naturaleza; también es la fuente del bien más alto: no solo oscuridad, sino también luz; no solo bestial, semihumano y demoníaco, sino también sobrehumano, espiritual y, en el sentido clásico de la palabra, «divino».