Antes de hacer la paz, es necesaria la guerra, y esa guerra debe hacerse con nuestro propio yo. Nuestro peor enemigo es nuestro yo: nuestras faltas, nuestras debilidades, nuestras limitaciones. ¡Y nuestra mente es tan traicionera! ¿Qué hace? Oculta nuestras faltas incluso ante nuestros propios ojos, y nos señala la razón de todas nuestras dificultades: ¡los demás! Así nos engaña constantemente, manteniéndonos inconscientes del enemigo real, y nos empuja hacia esos otros para luchar contra ellos, mostrándolos como nuestros enemigos.
La paz es actividad perfeccionada.
Nuestro espíritu es la parte real de nosotros; el cuerpo es solo su vestidura. Un hombre no encontraría paz en el taller del sastre porque su abrigo viene de allí; tampoco el espíritu puede obtener verdadera felicidad de la tierra solo porque su cuerpo pertenece a la tierra.
Es la persona en paz la que observa. Es la paz la que le da poder para observar con agudeza. Por eso, es la persona en paz la que puede concebir, porque la paz le ayuda a concebir. Es la persona en paz la que puede contemplar; quien no tiene paz no puede contemplar correctamente. Por lo tanto, todo lo relacionado con el progreso espiritual en la vida depende de la paz.
La paz por la que toda alma anhela y que es la verdadera naturaleza de Dios, y el objetivo supremo de un hombre, no es más que el resultado de la armonía.
Para alcanzar la paz, lo que hay que hacer es buscar ese ritmo que está en la profundidad de nuestro ser.