Un hombre de Dios es como el océano: no se altera por los ríos que entran. La plenitud de paz que experimenta dentro es tan grande que los problemas del mundo con los que tiene que lidiar y el sufrimiento por el que tiene que pasar se vuelven insignificantes en comparación. Pero si no tienes a Dios, ese sufrimiento es todo y todo de tu vida.
Mientras nos identifiquemos solo como un producto de esta existencia material, no puede haber paz real.
Si una persona espiritual tiene amor, paz, autocontrol y compasión, podemos entender que en realidad está conectada correctamente con sus raíces...
No hay solución para preocuparse excepto encontrar la paz, el amor y la compasión en nosotros mismos y ser instrumentos de esa compasión conectándonos con esa fuente que armoniza todo.
No podemos crear armonía artificialmente solo con tratados de paz. La armonía real debe basarse en la verdad: en lo que realmente tenemos en común, en cuál es nuestra conexión real entre nosotros.