Como puede verse cuando los ojos están abiertos, así se puede entender cuando el corazón está abierto.
Antes de hacer la paz, es necesaria la guerra, y esa guerra debe hacerse con nuestro propio yo. Nuestro peor enemigo es nuestro yo: nuestras faltas, nuestras debilidades, nuestras limitaciones. ¡Y nuestra mente es tan traicionera! ¿Qué hace? Oculta nuestras faltas incluso ante nuestros propios ojos, y nos señala la razón de todas nuestras dificultades: ¡los demás! Así nos engaña constantemente, manteniéndonos inconscientes del enemigo real, y nos empuja hacia esos otros para luchar contra ellos, mostrándolos como nuestros enemigos.
Si existe una renuncia santa, es renunciar a pequeñas ganancias por mejores ganancias; no por ninguna ganancia, sino viendo con los ojos abiertos qué es mejor y qué es inferior. Incluso si la elección tiene que estar entre dos ganancias momentáneas, siempre se encontrará que una es más real y duradera; esa es la que debe seguirse por el momento.
Hay dos maneras en que podemos alcanzar el control sobre nuestra actividad. La primera es la confianza en el poder de nuestra propia voluntad: saber que si hoy fallamos, mañana no lo haremos. La segunda es tener los ojos bien abiertos y observar con atención nuestra actividad en todos los aspectos de la vida. Es en la oscuridad donde caemos, pero en la luz podemos ver hacia dónde vamos.
En un asunto pequeño o en uno grande, primero consulta contigo mismo y averigua si hay algún conflicto en tu propio ser sobre lo que quieres hacer. Y cuando no encuentres conflicto, entonces siéntete seguro de que ya hay un camino hecho para ti. Solo tienes que abrir los ojos y dar un paso hacia adelante, y el otro paso será guiado por Dios.
En los ojos de un vidente, cada hoja de un árbol es una página del Santo Libro y contiene revelación divina.
Cuando abro los ojos al mundo exterior, me siento como una gota en el mar. Pero cuando cierro los ojos y miro hacia adentro, veo todo el universo como una burbuja elevada en el océano de mi corazón.
La creencia y la incredulidad han dividido a la humanidad en tantas sectas, cegando sus ojos ante la visión de la Unidad de toda la Vida.