Todo ser viviente anhela siempre ser feliz, sin mancha de tristeza; y cada uno tiene el mayor amor por sí mismo, lo cual se debe únicamente a que la felicidad es su verdadera naturaleza. Por eso, para realizar esa felicidad inherente e incontaminada que, de hecho, experimenta a diario cuando la mente se aquieta en el sueño profundo, es esencial que se conozca a sí mismo. Para obtener ese conocimiento, la indagación «¿Quién soy yo?» en busca del Sí mismo es el mejor medio.
A menos que uno sea feliz, no puede otorgar felicidad a los demás.
Vuelve la mente hacia adentro y deja de pensar en ti mismo como el cuerpo; así llegarás a saber que el Ser es siempre feliz. En este estado no se experimenta ni tristeza ni miseria.
Descubre tu Yo imperecedero y sé inmortal y feliz.
Por la fraternidad feliz entre ellos, los seres encarnados obtienen la paz suprema. Entonces toda esta tierra brilla como una sola casa. Cuando los hombres, los seres encarnados, tratan a los demás con igual respeto y tienen buenos sentimientos fraternos entre sí, abundan la gran paz y la armonía. Entonces toda esta tierra brilla como una sola casa. Todo el mundo brilla como la única casa donde habita toda la familia humana.