Dios quiere que odiemos sin fin el pecado y amemos sin fin el alma, como Dios la ama.
La oración es la acción deliberada y perseverante del alma. Es verdadera y perdurable, y está llena de gracia. La oración fija el alma en Dios y la hace una con la voluntad de Dios.
Cuando, por la obra de la misericordia y la gracia, somos hechos mansos y suaves, estamos plenamente a salvo; de repente el alma se une a Dios cuando realmente está en paz consigo misma: porque en Él no se encuentra ira.
Porque en cada alma que será salvada hay una Voluntad divina que nunca consintió el pecado, ni jamás lo hará.