El miedo es la energía destructiva en el hombre. Marchita la mente, distorsiona el pensamiento y conduce a todo tipo de teorías extraordinariamente ingeniosas y sutiles, absurdas supersticiones, dogmas y creencias.
Un hombre que no tiene miedo no es agresivo; un hombre que no tiene ningún tipo de temor es realmente un hombre libre, un hombre en paz.
Lo que se necesita, en lugar de huir o controlar o suprimir o cualquier otra resistencia, es comprender el miedo; eso significa: obsérvalo, conócelo, entra directamente en contacto con él. Debemos aprender sobre el miedo, no sobre cómo escapar de él.
En la obediencia siempre hay miedo, y el miedo oscurece la mente.
El miedo es la no aceptación de lo que es.
La afirmación constante de la creencia es una señal de miedo.
El miedo comienza y termina con el deseo de estar seguro; la seguridad interior y exterior, con el deseo de estar seguro, de tener permanencia. La continuidad de la permanencia se busca en todas direcciones: en la virtud, en la relación, en la acción, en la experiencia, en el conocimiento, en las cosas externas e internas. Encontrar seguridad y estar seguro es el clamor eterno. Es esa exigencia insistente la que engendra miedo.
Si te encuentras con el miedo, míralo a los ojos. Enfréntalo y notarás que el miedo se desvanece.