Quizá no podamos dar mucho, pero siempre podemos dar la alegría que brota en un corazón que AMA A DIOS.
La alegría debe ser uno de los pivotes de nuestra vida. Es la señal de una personalidad generosa. A veces también es una capa que viste una vida de sacrificio y entrega. Una persona que tiene este don a menudo alcanza cumbres elevadas. Es como el sol en una comunidad.
Haznos dignos, Señor, para servir a nuestros semejantes en todo el mundo que viven y mueren en pobreza y hambre. Dales hoy, por nuestras manos, su pan de cada día y, por nuestro entendimiento, amor, danos paz y alegría.
Una cosa que te pido: nunca tengas miedo de dar. Hay una alegría profunda en dar, ya que lo que recibimos es mucho más de lo que damos.
Necesitamos el silencio para estar a solas con Dios, para hablarle, para escucharlo, para meditar sus palabras profundamente en nuestros corazones. Necesitamos estar a solas con Dios en el silencio para renovarnos y transformarnos. El silencio nos da una nueva perspectiva de la vida. En él estamos llenos de la energía del propio Dios, que nos hace hacer todas las cosas con alegría.
La llegada de Jesús en Belén trajo alegría al mundo y a cada corazón humano. Que Su llegada en esta Navidad nos traiga a cada uno de nosotros esa paz y esa alegría que Él desea darnos.
La alegría es una señal de generosidad. Cuando estás lleno de alegría, te mueves más rápido y quieres hacer el bien a todos.
Muchas personas (que van a ella como voluntarias) han encontrado paz, alegría y unidad en sus familias ayudando a los pobres.
Si estás alegre, no te preocupes por la tibieza. La alegría brillará en tus ojos y en tu mirada, en tu conversación y en tu semblante. No podrás ocultarla porque la alegría desborda.