Como seres humanos, nuestra grandeza no está tanto en poder rehacer el mundo —ese es el mito de la era atómica— como en poder rehacernos a nosotros mismos.
Si soy fiel a mí mismo, si soy fiel a la humanidad, si soy fiel al género humano, debo comprender todas las faltas de las que hereda la carne humana.
Menospreciar a un solo ser humano es menospreciar esas potencias divinas y, por tanto, dañar no solo a ese ser, sino con él, a todo el mundo.
En mi opinión, la vida de un cordero no es menos preciosa que la de un ser humano.
La verdad y la no violencia exigen que ningún ser humano se niegue a servir a otro ser humano, sin importar cuán pecador pueda ser.
La verdad reside en cada corazón humano, y uno tiene que buscarla allí, y dejarse guiar por la verdad tal como uno la ve. Pero nadie tiene derecho a obligar a otros a actuar según su propia visión de la verdad.
Es perfectamente válido resistir y atacar un sistema, pero resistir y atacar a su autor equivale a resistir y atacarse a uno mismo, porque todos estamos manchados con la misma brocha, y somos hijos del mismo Creador; y como tales, los poderes divinos dentro de nosotros son infinitos. Menospreciar a un solo ser humano es menospreciar esos poderes divinos y, por tanto, dañar no solo a ese Ser, sino con Él, a todo el mundo.