Amplía tu corazón encogido; haz que los intereses de los demás sean los tuyos y sírvelos tanto como puedas con simpatía, bondad, regalos, etc. Mientras uno disfrute de las cosas de este mundo y tenga necesidades y deseos, es necesario atender las necesidades de los semejantes. De lo contrario, no se puede llamar a uno un ser humano. Siempre que tengas la oportunidad, da a los pobres, alimenta al hambriento, cuida al enfermo: haz el servicio como un deber religioso y llegarás a conocer por percepción directa que la persona a la que se sirve, el que sirve y el acto de servir son distintos solo en apariencia.
Cuando, por la inundación de tus lágrimas, lo interior y lo exterior se fusionan en Uno, encontrarás a Ella a quien buscaste con tanta angustia, más cerca que lo más cercano: el mismo aliento de la vida, el núcleo mismo de cada corazón.
Dondequiera que Dios te mantenga en cualquier momento, desde ahí mismo debes emprender la peregrinación hacia la autorrealización de Dios. En todas las formas, en la acción y en la no acción, Él es el Uno mismo. Mientras atiendes tu trabajo con las manos, mantente atado a Él sosteniendo japa: el recuerdo constante de Él en tu corazón y en tu mente. En el imperio de Dios, lo perjudicial es el olvido de Él. El camino hacia la Paz está en el recuerdo de Él y solo de Él.