Es vana la palabra del filósofo que no cura ningún sufrimiento del ser humano. Pues así como no hay provecho en la medicina si no expulsa las enfermedades del cuerpo, tampoco lo hay en la filosofía si no expulsa el sufrimiento de la mente.
Cuando decimos que el placer es el fin, no queremos decir el placer del disoluto ni aquello que depende del disfrute físico—como algunos creen que no entienden nuestras enseñanzas, no están de acuerdo con ellas o les dan una interpretación malvada—sino que por placer entendemos el estado en el que el cuerpo está libre del dolor y la mente libre de la ansiedad.
El placer es el primer bien. Es el comienzo de toda elección y de toda aversión. Es la ausencia de dolor en el cuerpo y de problemas en el alma.
La magnitud del placer alcanza su límite al eliminar todo dolor. Cuando ese placer está presente, mientras sea ininterrumpido, no hay dolor ni del cuerpo ni de la mente, ni de ambos juntos.